Mis inicios hasta 2012

Soy emprendedor de nacimiento y no soy capaz de hacer otra cosa. Lo he intentado, pero no puedo.

De pequeño me recorría el patio del colegio buscando a otros niños que tuvieran las estampas que mis amigos necesitaban, y yo negociaba el ‘precio’ por ellos. Mis amigos, agradecidos, me pagaban con sus estampas repetidas, que yo usaba para negociar mi colección personal, que no dejaba de crecer.

Durante el instituto compraba productos en eBay y los revendía a amigos y conocidos. Con el tiempo, fui perfeccionando la técnica y ampliando la red comercial. Cada vez me gustaba más.

El primer año de universidad seguí con el negocio, pero sentía que se me había quedado pequeño. La tienda de Warhammer que frecuentaba cerraba por hartazgo del dueño -básicamente-, así que me asocié con uno de los jugadores habituales para fundar El Coliseo. Tenía 19 años. Tuve que renunciar a muchas de mis aficiones.

La guitarra, cuanto más vertical, mejor :)

La guitarra, cuanto más vertical, mejor :)

 

Nos mudamos a un local mejor situado y más amplio, y comenzamos a vender. Y vendimos bastante. ¿Crisis? ¿Qué crisis?

Pasados unos meses, sin embargo, la situación se recrudeció. La facturación cayó en picado, a pesar de que el número de visitas no había descendido en la misma medida. Decidimos esperar algunas semanas para intentar eliminar el componente estacional y sacar algo en claro, ya que no existían años anteriores con los que comprarar.

Pasado este tiempo, parecía conveniente modificar el modelo de negocio inicial. Lo interesante de todo esto es que mi socio no lo veía así. Para él, mi nuevo modelo de negocio rompía la filosofía de la tienda. Nuestra tienda de Wargames dejaría de serlo si incluyéramos ropa y complementos ‘Heavies’. Así que, sin ninguna planificación ni casi estimación de ventas, nos metimos en cartas Magic y Yugi-oh -caras como ellas solas-, juegos de mesa de otros distribuidores que no iban a tener rotación, una pincelada de ropa y otra de complementos. Este fue el resultado:

Si entrara en mi antigua tienda hoy, probablemente no compraría

Si entrara en mi antigua tienda hoy, probablemente no compraría

Hay que reconocer que las letras molaban

Hay que reconocer que las letras molaban

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

Como no podía ser de otra manera, las ventas no se recuperaron -lo suficiente-. No tomar decisiones es lo peor que pudimos hacer. La ligera bola de nieve se convirtió en un imparable alud. Sólo endeudándonos más y trabajando varios años sin cobrar ni un euro podríamos haber recuperado la inversión inicial -que no fue alta en absoluto-. Por ello, lo más sensato era retirarse. Mi socio sí que se aferró con más fuerza a la inversión hecha, pero acabamos consensuando el cese de negocio.

En los 15 meses que duró esta incursión empresarial aprendí infinitamente más que en los cuatro años de carrera de Dirección de Empresas. Lecciones valiosísimas sobre liderazgo, marketing, finanzas, fiscalidad y comportamiento del cliente. No obstante, existen tres que han modificado drásticamente mis actitudes hasta convertirme en la persna que soy hoy:

  1. El fracaso es una poderosísima arma de doble filo. Sin duda, la más relevante. Si y sólo si te responsabilizas de tus errores o los de tu empresa -incluso si no fuiste el actor de una decisión equivocada-, y aceptas que por tu culpa la empresa ha perdido dinero o incluso ha tenido que cerrar, alcanzarás la paz interior que te permitirá aprender de la experiencia. Es imposible aprender de la experiencia sin sonreír al meditar. ¡Al menos yo no soy capaz!
  2. El cómo suele ser lo más importante en esta vida. Fijar objetivos de ventas, de captación de clientes, de visitas, de conversión, etc. es clave para el éxito. Sí. ¿Y ahora qué? ¿Cómo llegamos a 1000 visitas únicas al mes en 2 meses? Improvisar es uno de tus mayores enemigos. Enfréntate a él al principio o, en el mejor de los casos, vas a perder tiempo y dinero. Nadie va a hacer tu trabajo y, si no te planificas ni controlas que se cumple, puede que ni siquiera tú mismo.
  3. El quién también es clave para el éxito. Yo me asocié con una persona que también quería llevar a cabo ‘mi’ proyecto. No reflexioné sobre la idoneidad del socio, ni sobre la necesidad -estratégica- o no de que él entrara en la sociedad. No evalué lo que él aportaba a la empresa, ni la facilidad para gestionarla y dirigirla, ni los peligros de un abandono prematuro por su parte. Tampoco formulé las mismas preguntas pero referidas a mí. Cada día tengo más claro que con socios se llega más lejos y más rápidamente que volando solo, pero cada día tengo más claro la importancia de elegir.

 

Con la melena cortada y una maleta rumbo a Londres en 2012 pongo punto seguido. Si quieres conocer más sobre mi historia, suscríbete y te llegará en primicia.

Hasta luego! 😉

 

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Javier Zubiaur
Serial entrepreneur. Si me apasiona, ¿por qué no intentarlo?

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